quinta-feira, 1 de janeiro de 2009

La crisis global y el socialismo del siglo XXI

Marc Saint-Upéry
Fonte: Kaos en la red & Gramsci e o Brasil.

Diálogo con Marc Saint-Upéry, autor de El sueño de Bolívar. El desafío de las izquierdas sudamericanas (Paidós, 2008), sobre la actual crisis mundial y la situación de las izquierdas, que realizaron Pablo Stefanoni y Ricardo Bajo (Director y subdirector de Le Monde Diplomatique – edición boliviana). Publicado originalmente en
Kaos en la red, en 17-11-2008, como “La crisis muestra los límites del socialismo del siglo XXI”.

[De Marc Saint-Upéry, ver também:
El enigma bolivariano e Chávez, en fuga hacia adelante]

Estamos frente al fin del capitalismo, de un tipo de capitalismo, de un modo de regulación? ¿Qué se discute por estos días en Estados Unidos?

Ralph Nader, el eterno candidato progresista alternativo en las elecciones estadounidenses, contaba hace poco que, cuando era niño, su padre les hizo un día a él y a sus hermanos la siguiente pregunta: “¿Por qué el capitalismo siempre sobrevivirá?”. Y les dio en seguida la respuesta: “Porque siempre se usará el socialismo para salvarlo”. Es más o menos lo que va a pasar o que ya está pasando ahora. Cuando el capitalismo se vuelve loco y el mito del mercado autorregulado se derrumba, se redescubre el recetario intervencionista y se escuchan discursos casi anticapitalistas de parte de gente como Nicolas Sarkozy o confesiones de crisis existencial de parte de ultraortodoxos como [el ex presidente de la Reserva Federal de EE.UU.] Alan Greenspan. Hace poco, la revista conservadora británica The Spectator publicó un artículo titulado “Admítanlo: Marx tenía parcialmente razón”, en el que subrayaba la pertinencia de los análisis marxianos sobre el fetichismo de la mercancía. Ahora bien, muchas de estas declaraciones dramáticas hacen parte, también, del pequeño teatro político que acompaña la crisis. La cuestión de saber cuánto y qué tipo de “socialismo” se va a usar para salvar el capitalismo queda abierta en la práctica. Depende de muchos factores, en particular de la mayor o menor inercia ideológica y corporativa de los varios actores y de sus intereses, y de la gravedad de la recesión. Constato que los economistas, incluso los economistas más críticos y heterodoxos, tienen opiniones divergentes sobre este último tema. La verdad es que, en EE.UU., el nivel de preocupación e incluso de angustia, tanto de los expertos como de la población, es enorme. Pero ni se ha visto lo peor de la crisis, ni se perfila un horizonte muy claro de soluciones creíbles. En cuanto al capitalismo en general, no es un castillo de naipes sostenido por la maldad de unos pocos, ni es un parásito monstruoso en el cuerpo sano de la humanidad. Es un sistema de interrelaciones muy denso y muy complejo en el que todos participamos, aunque en modo muy desigual y con muchas contradicciones. La historia comprueba que es incluso capaz de alimentarse de estas contradicciones y de relanzar su dinámica a partir de ellas, así que la cuestión de su fin o de su superación no es un tema para profecías baratas.

¿Se puede hablar de un resurgimiento de las ideas keynesianas?¿Hay diferencias claras entre Obama y McCain al respecto?

No hay dudas de que la idea reaganiana de que “el gobierno no es la solución sino el problema” está ahora seriamente desacreditada, aunque la candidata a la vicepresidencia republicana, Sarah Palin, usó esta misma fórmula en un debate reciente (pocos minutos antes de decir lo contrario, o sea que el gobierno “no ejerció un control suficiente sobre los mercados financieros”). En cuanto a Keynes, se le atribuye a veces cosas que no defendió o que no le pertenecen en exclusividad, pero su análisis del funcionamiento de las burbujas especulativas, por ejemplo, tuvo una ilustración perfecta en esta crisis. Parecería que la filosofía económica personal de Obama es una mezcla muy pragmática de algunas ideas de la “tercera vía” (en su supuesta concepción ideal más que en su implementación concreta en Gran Bretaña) y de cierto intervencionismo rooseveltiano. Por un lado, sinergía flexible entre iniciativa pública y sector privado y preferencia por el establecimiento de un marco regulatorio más que por el control estatal directo. Por otro lado, grandes programas estatales e inversiones públicas para estimular la economía, y también para acelerar la transición hacia un modelo energético sustentable. Eso dicho, hay de todo entre sus asesores, incluso personajes que tienen una responsabilidad directa en la borrachera desreguladora de los ‘90, como Robert Rubin, ex ejecutivo de Goldman Sachs y ex secretario del Tesoro de Clinton, o Lawrence Summers, que también fue secretario del Tesoro demócrata. Ambos contribuyeron a desmantelar el régimen de controles sobre las actividades financieras instaurado por Roosevelt durante el New Deal. Pero hay también en el equipo de Obama gente más crítica del fundamentalismo de mercado. Entre ellos, curiosamente, uno de los hombres más ricos del planeta, el multimillonario Warren Buffett, que se opuso a la ola de desregulación y, hace unos años, tachó las innovaciones financieras permitidas por ella de “armas financieras de destrucción masiva”. Más que los programas o los equipos de campaña, creo que serán la naturaleza y la gravedad de la crisis, así como los márgenes de maniobra presupuestarias (siempre más estrechos por la desastrosa gestión republicana y el impacto fiscal de la crisis) los que dictarán las políticas reales del gobierno estadounidense.

En los años ‘30 la crisis se procesó como descontento que alimentó las filas del fascismo y el nazismo, ¿cree que hoy está a la orden del día una salida reaccionaria de este tipo?

Hay quien sigue repitiendo en modo totalmente abstracto que la única solución a la crisis son las luchas populares, que la sabiduría o la “conciencia revolucionaria” del pueblo o de la multitud es la salvación. En realidad, la lucha de clases, la movilización popular, los movimientos sociales progresistas, cada vez que han llegado a cierto umbral de capacidad organizativa y estratégica, han tenido más bien un efecto profundamente civilizatorio sobre el capitalismo. Y también sobre el “socialismo” real, como se ve ahora en China con las numerosas luchas obreras y campesinas, dispersas pero virulentas, que obligan el Partido Comunista Chino a plantear el tema de las crecientes desigualdades y de la creación de un sistema de protección social universal (cosa que curiosamente no existía hasta ahora en la China “socialista”, ya que, en el modelo maoísta ortodoxo, era sustituido por los beneficios sociales ofrecidos por los colectivos laborales). Pero la lucha de clases organizada está muy lejos de canalizar todas las frustraciones y todas las energías beligerantes de los varios sectores de la sociedad. En la campaña electoral estadounidense, hasta el estado mayor republicano se asustó del nivel de odio paranoico antiminorías, antiinmigrantes, antimusulmán, antiintelectual, con un tinte anticomunista absurdo y desfasado, que se expresó en algunos de los mítines de McCain y Palin, generalmente por parte de los sectores más populares de la base republicana. La política del miedo y del odio manipulada por demagogos reaccionarios, la fascistización de sectores enteros de la clase media, la victimización de los más vulnerables por los simplemente débiles, o de los superpobres por los menos pobres, o de los migrantes por los autóctonos (o incluso de las nuevas generaciones de migrantes por las precedentes), son fenómenos que vamos a ver resurgir, si bien no creo que puedan alcanzar el mismo nivel de organización y eficiencia política que en los años ‘30. Tampoco serán una exclusividad de los países del Norte, como si los pobres del Sur fueran necesariamente más virtuosos o más solidarios entre sí. Les aseguro que vamos a ver cosas sorprendentes y muy desagradables por todos lados, sobre todo si la recesión se profundiza, coincide con un fuerte agravamiento de las condiciones climáticas y estimula un sálvese quien pueda generalizado. Si no hay barreras institucionales defendidas y garantizadas por actores políticos lúcidos y organizados, ninguna supuesta “conciencia revolucionaria de las masas” nos protegerá de estos brotes de barbarie.

Frente a esta crisis, ¿el llamado “socialismo del siglo XXI” representa una alternativa?

Déjenme contarles una historia. Hay una líder sumamente popular entre las capas más humildes y menos educadas de la población de su país que anda diciendo por ahí que “en nuestro Estado, los ciudadanos poseen colectivamente los recursos naturales y compartimos la riqueza cuando el desarrollo de estos recursos ocurre” [1]. Esta líder peleó ferozmente con las empresas petroleras privadas para aumentar las regalías y los impuestos sobre la explotación de los pozos. Es percibida por el pueblo como una persona “que entiende nuestros problemas y habla como nosotros, no como las elites arrogantes”. Se llama… Sarah Palin (otra vez), la ultra reaccionaria gobernadora de Alaska y binomio de McCain, que regala cada año un cheque de cuatro cifras en dólares a cada ciudadano de este petroestado subárctico. Entonces sinceramente, la idea de que se va a inventar un nuevo socialismo inaudito a partir de alguna experiencia de neodesarrollismo caudillista, extractivista y rentista hiperdependiente del mercado mundial y de los precios de las materias primas me parece una especie de broma de mal gusto. La crisis global va a dejar a la luz los límites del supuesto “socialismo del siglo XXI”. Eso está claro en la práctica y lo será cada vez más a medida que se agrava la situación. En cuanto a la “teoría”, pude seguir algunos de los debates sobre el socialismo del siglo XXI en Venezuela y en Ecuador, por ejemplo. Y no es difícil constatar el carácter vago, retórico, puramente emocional o abstracto, incluso a veces simplemente delirante, de los discursos que se escuchan sobre el asunto. Fuera de algunos refritos bien intencionados sobre la democracia participativa (que sin embargo funciona ahora en Venezuela sea como pura manipulación verticalista, sea como válvula de escape de las frustraciones populares frente a la inoperancia febril de la administración central, y en general como una mezcla ambigua de ambas cosas), no veo ahí ninguna herramienta conceptual, ninguna propuesta de diseño institucional concreto, que permita orientarnos en la búsqueda de una alternativa al capitalismo.

Pero, con todo, el imaginario socialista parece haber recuperado cierto protagonismo.

No estoy seguro de entender qué se quiere decir con esto. Por supuesto, hay una enorme crisis de legitimidad del discurso neoliberal y, en cierta medida, de la confianza en el sistema capitalista. Pero no comparto para nada la ilusión un poco narcisista de que la “oleada de izquierda” en Sudamérica abre nuevos horizontes anticapitalistas insospechados para la humanidad. Ya sería un resultado bastante satisfactorio si mejorara en modo duradero la vida cotidiana de los más necesitados y democratizara las relaciones sociales y políticas en los varios países de la región. En ninguna de las experiencias más o menos progresistas en curso, insisto, en ninguna, se observan transformaciones de la estructura económica y social que lleguen siquiera al nivel de las que implementaron, por ejemplo, los laboristas británicos en 1945. Pero busquemos otros ejemplos. En reacción a la crisis estadounidense, que pone también en peligro la estabilidad y la prosperidad de la economía china, el Partido Comunista acaba de anunciar que se propone liberalizar la tenencia de la tierra (hasta ahora propiedad supuestamente colectiva e inalienable), permitiendo a los campesinos alquilar y alienar sus parcelas a largo plazo, lo que se hacía ya masivamente en modo clandestino. Según los dirigentes chinos, la medida tendría como objetivo estimular la productividad rural, dar más márgenes de maniobra a los campesinos para ahorrar menos y consumir más, reducir la importante desigualdad social entre campo y ciudad (y con ella la presión de la migración interna) y ampliar un mercado interno poco desarrollado para poder enfrentar el choque de la recesión mundial que amenaza las exportaciones del gigante asiático. Parecería que lo que hace la China “socialista” es liberalizar o privatizar la tenencia de la tierra — una medida de estilo capitalista — para protegerse de la crisis capitalista pero en nombre de la preservación del socialismo y de la reducción de la desigualdad. Al final de cuentas, ¿eso va hacia más socialismo o hacia más capitalismo? No tengo la respuesta, y probablemente la pregunta no debería ni siquiera plantearse así, pero sé al menos dos cosas: 1) el seudodebate latinoamericano sobre el socialismo del siglo XXI no nos ofrece ningún marco analítico serio para descifrar la complejidad de este tipo de evolución; 2) cualquier medida socioeconómica que tomen los chinos tendrá más impacto para el futuro del conjunto de la humanidad que todo lo que puedan decir o hacer los gobiernos de centroizquierda latinoamericanos.

En cuanto al fondo del asunto, creo que la eventual transición a un sistema poscapitalista es mucho más un problema antropológico de largo aliento que una cuestión de decisiones y de estrategias políticas a corto o mediano plazo, aún menos un pretexto para consignas rimbombantes. Supone la emergencia paralela de nuevas configuraciones de incentivos económicos y morales y de nuevos diseños institucionales arraigados en prácticas organizativas y materiales sustentables, lo que no tiene nada que ver con el voluntarismo de una vanguardia iluminada que pretende forjar un supuesto “hombre nuevo” por las buenas o por las malas. Hasta ahora, fue esencialmente por las malas y a latigazos. Y cuando no es por las malas, corre el riesgo de ser pura pantalla, como en la Venezuela de los boliburgueses supuestamente socialistas que organizan la flexibilización laboral maquillando sus empresas en cooperativas y viajan a Miami para hacer sus compras de lujo. Ahora bien, lo que sí puede hacer la política bajo la influencia de las luchas de masas es aumentar el grado de control de la sociedad sobre sí misma y evitarnos un retroceso por debajo de un umbral civilizatorio que sería un obstáculo para cualquier transición poscapitalista que no sea hacia la barbarie. En este sentido, la crisis actual abre una ventana de oportunidad para revertir las políticas más regresivas de los últimos veinte o treinta años y conquistar nuevos espacios de igualdad y nuevos derechos

¿Cómo ve la situación del proyecto de Hugo Chávez después de la derrota del año pasado y con elecciones locales a la vista?

Escribía a inicios de 2007 que la revolución bolivariana parecía haber entrado en una fase de estancamiento y veía como poco probable un reimpulso democrático del proceso que lo rescate de la entropía burocrática y de la miopía rentista. Asimismo, expresaba mis dudas sobre la eventualidad de que la sociedad venezolana, chavistas incluidos, acepte sin pestañear satisfacer el deseo públicamente anunciado por Chávez de quedarse en el poder hasta 2021 e incluso 2030. No pensaba, no obstante, ver mis predicciones confirmarse con tanta rapidez. El rendimiento decreciente de los programas sociales (las misiones), la extraordinaria ineficiencia de la administración, los brotes de escasez de los productos básicos y los apagones, la percepción de un auge descomunal de la corrupción y el hartazgo de la población de los barrios pobres frente a un nivel de inseguridad descontrolado, juegan un papel significativo en el desgaste chavista. Estimulan también el increíble nivel de deterioro de las relaciones al interior del campo bolivariano: los últimos “traidores” denunciados hace poco por Chávez son nada menos que el Partido Comunista Venezolano y Patria Para Todos, hasta ayer aliados fieles y viveros de cuadros confiables y generalmente mucho mejor formados que los miembros del ex MVR, ahora PSUV [Partido Socialista Unido de Venezuela]. Las encuestas revelan un proceso de despolarización de la opinión pública, con un aumento de los “ni-ni” (cerca de 50% de los entrevistados se declaran ni chavistas ni opositores) y una evolución de la calidad del respaldo, todavía importante, de los venezolanos hacia Chávez. Ahora también culpan a Chávez y no sólo a su entorno, y una de las principales críticas es que “el presidente se ocupa menos de Venezuela y más de otros países”. Precisamente, otra cosa que contribuye a debilitar la figura del presidente son los zigzagueos vertiginosos de su política exterior. Un ejemplo espectacular es la sorpresiva pero en realidad muy previsible reconciliación de julio de 2008 con Álvaro Uribe, que en pocos meses pasó del estatuto de “cobarde, mentiroso y cizañero”, “peoncito del Imperio”, “criminal que dirige un narcogobierno subordinado de Bush” a la posición de “hermano” “a quien se debe respetar” y con quien “estamos obligados a entendernos”. Para retomar la metáfora que el secretario del Partido Comunista Italiano, Enrico Berlinguer, había usado a propósito de la Unión Soviética en los años ‘70, se podría decir que “la fuerza propulsiva de la revolución bolivariana se ha agotado”, con la diferencia de que esta peripecia duró menos de diez años y que gran parte de dicha “fuerza propulsiva” se sustentaba más en la magia del verbo que en la realidad. El líder bolivariano empoderó simbólicamente a los sectores marginados y politizó la cuestión social, pero en lo concreto, más allá de algunas políticas públicas bien intencionadas pero generalmente erráticas y rápidamente desvirtuadas por la ineficiencia, la corrupción y una lógica caótica de desinstucionalización permanente, se limitó a teñir de rojo el modelo de capitalismo de Estado rentista y derrochador típico de la “Venezuela saudita” en sus momentos de bonanza petrolera.

¿La crisis constituye una revancha para la socialdemocracia, como lo pretende José Luis Rodríguez Zapatero? ¿Qué tipo de izquierda es esa que se precipita para salvar un capitalismo financiero que ayer criticaba?

Bueno, primero, se puede siempre discutir las bondades del plan de Henry Paulson o del de Gordon Brown (seguramente mejor aunque todavía muy deficiente en términos de control público y transparencia), pero no se trata sólo de “salvar el capitalismo financiero”. Hay que evitar a muy corto plazo el congelamiento total del sistema crediticio, que afectaría a todos los actores económicos, ricos o pobres, procapitalistas o anticapitalistas. No veo que se pueda cambiar de barco en plena tempestad para mudarse a una nave que todavía no existe. Segundo, en su mayoría, las izquierdas del primer mundo no es que criticaban mucho este capitalismo financiero. Más bien, muy a menudo, figuras destacadas de la socialdemocracia no sólo predicaban la sabiduría de los mercados sino que eran socios y cómplices de grandes operadores de las finanzas. Es cierto que hay un cierto descaro en la actitud de Zapatero, o de Ségolène Royal en Francia, cuando pretenden darnos lecciones sobre los peligros de un capitalismo salvaje que no combatieron con mucho vigor ayer. ¿Pero de qué socialdemocracia estamos hablando? La socialdemocracia clásica preconizaba un matrimonio de razón con un capitalismo nacional que necesitaba nuevos equilibrios sociales. Con la “tercera vía” blairista y sus admiradores e imitadores, tuvimos más bien un matrimonio de amor con un capitalismo nómada y especulativo que no tiene ningún compromiso serio con la sociedad. Eso dicho, el jueguito moralista barato de denunciar la hipocresía o la cobardía de los reformistas no nos lleva muy lejos. A los “revolucionarios” les encanta hacerse los machos indomables, pero la pusilanimidad real o supuesta de los reformistas no es esencialmente un problema de fibra moral o de solvencia testicular. Tampoco es un argumento a favor de la revolución por la simple razón que nadie sabe lo qué es la revolución, si debe ser algo más serio que un grandioso y efímero carnaval de los oprimidos. Los revolucionarios autoproclamados no tienen la menor idea de por dónde empezar para superar el capitalismo. En Cuba, por ejemplo, se están más bien ingeniando, so pena de desaparecer del mapa, para tratar de capturar la energía y la vitalidad del mercado y del empresariado capitalistas sin poner en peligro el control dictatorial del partido sobre la sociedad. En cuanto a las ideas de reformas estructurales que algunos revolucionarios sí tienen, pueden ser muy deseables pero son de hecho las mismas que las de los “reformistas” consecuentes.

¿Pero entonces, qué deben hacer las izquierdas latinoamericanas?

No tengo recetas y hay gente mucho más apta que yo para contestar. Pero diría que, primero, hay que fomentar y apoyar cualquier esquema de redistribución de la riqueza a mediano y largo plazo que sea económicamente sustentable, institucionalmente bien diseñado y que no descanse sólo en las ilusiones milagreras del modelo rentista-extractivista. La reforma tributaria ecuatoriana o la democratización y profundización del sistema de salud pública brasileño, de las que nadie habla, me parecen mucho más importantes que cualquier efímero regalo petrolero a las masas bolivarianas agradecidas. Segundo, hay que seguir el esfuerzo de combatir cualquier forma de racismo o discriminación y descolonizar el imaginario y las instituciones para superar 500 años de subalternidad mental y material, pero sin caer en la idea ridícula de que aquí se está implementando, o se pueda implementar, un nuevo modelo que no tendría nada que ver con la civilización blanca-cristiana-capitalista-occidental (etc.). La civilización blanca-cristiana-capitalista-occidental no existe sino como pretexto falaz y obsoleto de la dominación colonial y del imaginario racista europeo. En realidad, es una mezcla contradictoria y en movimiento, como lo es la superestructura espiritual de cualquier formación social. Algunos predicadores del indianismo supuestamente radical comparten de hecho la misma visión de la realidad que Francisco Franco o Samuel Huntington, aunque valoricen de manera opuesta las “civilizaciones” que exaltan o rechazan. Finalmente, por supuesto, hay que profundizar la integración continental y estimular un papel internacional proactivo de Sudamérica como bloque, con propuestas no sólo simbólicas sino prácticas, es decir creadoras de coaliciones eficientes y consensos alternativos, que persigan reformar la arquitectura institucional y las normas de las relaciones políticas y económicas internacionales. Añadiré que me parece completamente estéril seguir sustentando el imaginario de la izquierda latinoamericana en una eterna confrontación retórica victimista con EE.UU., eso mientras las capas de hielo polares y los glaciares andinos se derritan, y mientras el auge de los nuevos gigantes asiáticos (que no tienen ninguna razón de hacernos regalos, vean el frío pragmatismo comercial de China y su contribución a la reprimarización “dependentista” de las economías sudamericanas) amenaza con provocar estragos en las economías de la región. El dominio de Washington está en crisis, eso está muy bien, y no hay que aceptar ninguna regresión o imposición por este lado. Pero ya no puede ser una excusa para las falencias de los gobiernos progresistas y de los procesos de integración. Para ejercer un verdadero liderazgo moral y político, hay que fortalecer la funcionalidad de la Unasur, así como del Banco del Sur y de otras instituciones financieras regionales, como la poderosa BNDES brasileña. Hablando de Brasil, hay que abordar con franqueza, inteligencia estratégica y capacidad de fomentar consensos multilaterales los problemas que crea la fuerte asimetría demográfica, territorial y sobre todo económica de la que se beneficia este inmenso país, nos guste o no. Pese a sus defectos, creo que las izquierdas latinoamericanas tienen un cierto potencial para encarar estos retos, pero necesitan un baño de verdad para empezar a aprender a decir lo que hacen y hacer lo que dicen. La paradoja del “giro a la izquierda” sudamericano es que coincide con un cambio de época que no requiere una evolución de la moderación a un radicalismo indefinido, o del radicalismo a una moderación pusilánime, sino de la abstracción fraudulenta de los discursos radicales a la necesidad de enfrentar concretamente los problemas radicales.

Marc Saint-Upéry es periodista y traductor francés residente en Ecuador. Vive actualmente en Cambridge, EE.UU., donde está afiliado a la Fundación Nieman en la Universidad de Harvard.

Nota
[1] Citado en Hendrik Hertzberg, “Like, Socialism”, The New Yorker, 3-11-2008.

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