domingo, 8 de abril de 2012

Hay que reconstruir Italia sobre la base de los valores de posguerra”

Por Alejandro Sehtman

ROMA - Dario Franceschini, actual presidente del bloque de diputados del Partido Democrático, evalúa la era que se abrió con la renuncia de Silvio Berlusconi y analiza el futuro de la Unión Europea.

Dario Franceschini fue secretario del Partido Democrático, nacido en 2007 a partir de la confluencia de la experiencia socialcristiana con la socialdemócrata. Hoy es el presidente del bloque de diputados de esa fuerza, que cuenta con 205 de los 630 diputados italianos. Durante su larga militancia en las distintas expresiones políticas del catolicismo social italiano, Franceschini fue un laborioso promotor de la unidad del polo progresista. Una vez alcanzada, se convirtió en uno de los más fieles custodios de la moderación que garantiza su supervivencia.

Desde su despacho en el Parlamento, Franceschini compartió con Debate su visión sobre la política italiana después de lo que considera una irreversible salida de escena de Berlusconi. También explica por qué el PD decidió apoyar la formación del gobierno de Mario Monti en vez de ir a unas elecciones que lo tenían como favorito y cómo deberían acomodarse las piezas para que el progresismo vuelva al gobierno a pesar de las tensiones en torno a la reforma del mercado de trabajo.

¿Qué significa para el PD el fin del berlusconismo?

Es una victoria del trabajo de la oposición y el cierre definitivo de una época. En otras oportunidades, Berlusconi había perdido, pero no había salido de escena. Ahora es distinto. El país llegó hasta aquí empobrecido, desilusionado. Y ha iniciado la fase de reconstrucción. Lo más grave que ha hecho el berlusconismo no es sólo un conjunto de leyes que violaron los principios constitucionales, sino haber desmotado la idea de vivir en un país en el que las personas respetan las reglas y se sienten parte de una comunidad nacional. El berlusconismo ha sido egoísmo social, una clase social contra otra, el norte contra el sur, los jóvenes contra los ancianos. Desarmó un Estado que, con 150 años, todavía es muy joven. Y siempre es riesgoso disgregar en vez de unir. Esto no lo ha hecho sólo (el Partido Autonomista) Lega Nord, es también el fruto del berlusconismo.

¿Cuál es la tarea, a partir de ese diagnóstico?

El trabajo ahora es cerrar ese ciclo y retomar aquellas cosas que han hecho fuerte a Italia: una comunidad nacional, los valores de la solidaridad, su pertenencia a Europa. El punto no es cambiar las leyes o las opciones económicas, lo que, en parte, ya está ocurriendo con Mario Monti y ocurrirá, más aún, cuando gobernemos nosotros. La cuestión es reconstruir el tejido de un país sobre la base de valores que han hecho fuerte a la Italia en la posguerra. Italia es un país que ha tenido grandes enfrentamientos ideológicos entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista, pero los dirigentes de esos partidos sabían bien que una cosa era el enfrentamiento político y otra los valores compartidos, escritos en la Constitución y luego defendidos conjuntamente. Esto es lo que ha desarmado Berlusconi.

¿Por qué el PD apoya al gobierno de Monti?¿Por qué, luego de la derrota de Berlusconi, no han llevado a cabo las elecciones sino que han sostenido un gobierno técnico?

Ha sido un acto de gran responsabilidad y generosidad del PD. Todos los sondeos de opinión mostraban que, una vez caído Berlusconi, si se hubieran realizado elecciones inmediatamente, el PD habría ganado. Pero ante la situación dramática del país, el spread entre la tasa de interés de la deuda pública italiana y la alemana, la especulación de los mercados sobre los títulos italianos, hubiera sido un acto de inconsciencia llevar al país hacia una larga y dura campaña electoral... Hubiéramos encontrado escombros sobre escombros. En definitiva, hicimos una opción de responsabilidad hacia el país. Si se tiene la fortuna que los intereses del partido y del país coinciden, mejor. Pero cuando los intereses del país y los del partido no coinciden, hay que elegir por los intereses del país.

¿Por qué Monti?

Monti puso su credibilidad a disposición de la salvación de Italia. Y nosotros hemos sostenido en el Parlamento medidas difíciles también para eso. El gobierno de transición continuará hasta las elecciones de 2013. Entonces optaremos, en una competencia normal, entre izquierda y derecha, entre progresistas y conservadores.

¿Dentro de qué límites se desarrolla este apoyo a Monti?

Cada decisión del gobierno de Monti es, necesariamente, el fruto de una mediación. Por razones políticas y numéricas debe ser votada en el Parlamento, tanto por el PD como por el PdL (ndr: Pueblo de la Libertad); es decir, por los dos grandes partidos adversarios. Se busca la síntesis, pero nosotros sabemos bien las cosas que queremos que se hagan y las que no votaríamos. Y si nosotros no las votamos, no son aprobadas.

¿Por ejemplo? ¿Hay contenidos particulares sobre los que piensan ejercer el veto?
Hay temas, sí. Naturalmente, todas las iniciativas que por años Berlusconi trató de llevar adelante, como el cambio del sistema de justicia o la reforma constitucional, se han detenido. Y se ha invertido totalmente la política de lucha contra la evasión fiscal que para nosotros es un gran resultado. Un gobierno que toma como batalla principal la lucha contra la evasión es el opuesto exacto del gobierno anterior. Sobre el mercado de trabajo, es claro que hay fronteras que hemos establecido y que no serán traspasadas.

En lo que respecta al escenario político, el “bipolarismo” ha sido uno de los objetivos declarados de Berlusconi. Si se mira la escena actual nos encontramos con que los polos son, por lo menos, tres.

Hemos trabajado todos para ese bipolarismo. Él para construir la derecha y, nosotros, para construir la izquierda. No hay tres polos. Hay dos grandes partidos que, en las últimas elecciones de 2008, han obtenido el setenta por ciento de los votos. Ahora los sondeos dicen que están en torno al sesenta. Es decir, que hay dos polos. Existe un tercer polo que no es competitivo respecto de la victoria final. Puede entrar en un juego de alianzas, pero existen dos polos de treinta por ciento y uno de diez. El sistema italiano es bipolar. Cualquiera sea la nueva ley electoral seguirá estando basada sobre la alternancia entre el PdL y el PD. Como ocurre en todo el mundo.

Entonces usted no avizora el final del bipolarismo.

Absolutamente, no. El mundo va hacia una simplificación de las posiciones. Esto es, progresistas y conservadores. Luego, en base a cada historia nacional, estos dos campos se convierten en partidos o en coaliciones. La otra fuerza o el tercer polo, deberá decidir con quién aliarse, porque no tiene ninguna posibilidad de ganar las elecciones solo. Espero que decida aliarse con nosotros.

Una especie de balanza parlamentaria, dice usted.

Depende de la ley electoral, pero podría serlo.

¿No quedaría en manos de ese sector la orientación política del país?

Si los electores deciden que ese tercer polo sea el árbitro, será su opción, no de Pier Ferdinando Casini (ndr: presidente de Unión de los Demócratas Cristianos y de Centro), referente de ese espacio. Pero no creo que vaya a ser así. Las condiciones políticas le impondrán al tercer polo su posición. Luego de una legislatura de dura oposición, es difícil que vuelvan a aliarse con el partido de Berlusconi.

Y en lo que respecta a los sectores progresistas que tienen su propia expresión partidaria, como Italia dei Valori (IdV), del ex fiscal del proceso Manos Limpias Antonio Di Pietro?

Es un partido con vencimiento, basado en la popularidad de Di Pietro, que obtiene el siete por ciento de los votos, que nació como un partido anti Berlusconi y que, naturalmente, caducará. Los partidos permanecen si están ligados a grandes ideas, a grandes movimientos. Italia dei Valori nació como fruto del berlusconismo. No estando más Berlusconi, en poco tiempo, se secará.

¿Usted piensa que el PD podría ser la bisagra entre el tercer polo y el resto del espacio progresista del que participan IdV y la SEL (Izquierda, Ecología y Libertad) de Niki Véndola?

No lo excluyo. Depende de la ley electoral, pero no creo que haya nada de extraño si un gran partido progresista tuviera dos aliados más pequeños, uno a la izquierda y el otro al centro.

¿Qué perspectivas tienen del mercado de trabajo y de la política del gobierno de Monti al respecto?

Es imposible imaginar que el futuro del mercado de trabajo sea el de nuestros padres: puesto fijo, garantizado, en la misma ciudad, para toda la vida. Ya no es así. El mundo ha cambiado. Y ni siquiera es la aspiración de los muchachos de hoy que, si pudieran elegir, querrían un trabajo dinámico, poder cambiarlo a lo largo de su vida, cambiar de país, de ciudad. Si pudieran elegir el trabajo ideal, elegirían uno mucho más flexible. Entonces, la cuestión no es obstaculizar cualquier cosa que vaya en la dirección de una mayor flexibilidad, sino oponerse a sus consecuencias negativas. Por ejemplo, el artículo 18 del Estatuto del Trabajador (ndr: dispone la indemnización para los despidos sin justa causa en las empresas de más de veinte empleados) es muy simbólico ya que protege a pocos trabajadores. La cuestión no es quitarle protecciones a quienes ya las tienen, sino extenderlas a quienes no cuentan con ellas. En Italia hay millones de trabajadores que están en pequeñas empresas o tienen contratos precarios sin ninguna garantía. En definitiva, tenemos en mente una izquierda moderna, que hace reformas, que no tiene miedo del cambio. Totalmente distinta de una izquierda conservadora que sí le tiene miedo.

La posición refiere más a la posición del Partido frente al mercado de trabajo que a sus alianzas con los sindicatos.

En los sindicatos hay una discusión abierta sobre el tema del mercado de trabajo. También hay tratativas con el gobierno... Estoy convencido de que se llegará a una mediación. Porque nadie tiene interés en comenzar con meses de huelgas y de conflictos sociales. Según la mediación a la que se llegue, seguramente se disociarán algunos sectores del sindicalismo, pero hay que tener paciencia. El grueso del mundo sindical va a encontrar un acuerdo, incluída CGIL (ndr: Confederación General Italiana del Trabajo), la central de izquierda.

¿Piensa que, a nivel europeo, se debería haber actuado de otro modo frente a la crisis? Esta Europa guiada por dos líderes derechistas como Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, ¿sigue siendo una referencia política para el progresismo italiano?

Pienso que Europa es el faro político de Italia. Hay que tener en cuenta los límites que tiene un recorrido tan difícil, del que participan ya veintisiete países y pronto serán más y que, como todo gran proceso histórico, tiene momentos de aceleración y momentos de freno. Ahora estamos constreñidos a avanzar a través de tratados, en vez de poder transferir más poderes a la Unión Europea como tal. Son momentos complicados y difíciles que, en particular, son consecuencia de la ausencia de grandes líderes. Helmut Kohl y François Mitterand hicieron la opción por Europa y no tomaron decisiones sabiendo el impacto que tenían sobre los sondeos de opinión. Pensaron en las próximas generaciones. Tomaron decisiones que hoy no tomaría nadie. Así hace un verdadero líder. Conducir un proceso tan ambicioso sin grandes líderes es realmente un problema.

¿Entonces?

El proceso de integración europea es inexorable, necesario, indispensable, porque en el mundo global el horizonte inevitable es, al menos, una dimensión regional. Europa largó antes, pero todo esto sucederá también en otras regiones. La medida ya no puede ser la del Estado nacional, aunque sea grande, porque para los problemas ya no existen las fronteras. Ni para los mercados, las finanzas, el terrorismo, el medioambiente o la infraestructura. Para que sea considerada grande, una empresa debe tener una dimensión europea. Lo mismo, para los bancos y de las políticas. Sobre este tema o respecto de otros, las opiniones públicas están mucho más adelantadas que los Estados. Sobre todo, la de los jóvenes. A esta altura, para un muchacho, Barcelona, Milán, Berlín o París son intercambiables. Estoy seguro de que la próxima generación se identificará como europea, no sólo como italiana o francesa. Por lo tanto, cuando se habla de “cesión de soberanía” se cae en un error. No se trata de un país que cede soberanía. Se trata de Europa que, finalmente, gana una porción más de soberanía.

De todas maneras, ¿no cree que la Europa contemporánea limita las posibilidades de un país como Italia de competir en el mundo?

Si Italia estuviera hoy fuera del euro sería un país desesperado. Crear el euro ha sido una decisión estratégica y previsora. Pero también ahí nos hemos quedado a mitad de camino, ya que faltó la voluntad política de realizar los pasos sucesivos. Es difícil hacer una política monetaria común y políticas fiscales y económicas distintas. No tiene sentido. Pero como el proceso del euro es irreversible, terminará arrastrando las demás políticas. Nosotros quisiéramos que esto sucediera rápidamente. Pero en los grandes procesos históricos las cosas pueden ser más lentas o más veloces.

¿No hay un déficit democrático en la toma de estas decisiones que luego le son impuestas a los Estados?

Por ahora, las decisiones europeas parecen más el fruto de acuerdos entre Estados que decisiones surgidas de las reglas comunitarias que todavía son frágiles. Pero no dudo de que se irá en la dirección de una mayor democratización. Si se eligiera al presidente de la Comisión Europea junto con las elecciones al Parlamento Europeo, se le daría al presidente electo una fuerza extraordinaria. Pienso que la finalización de este proceso son los Estados Unidos de Europa y, por lo tanto, un Parlamento Europeo que exprese un gobierno europeo. O sea, que se trata de un recorrido absolutamente democrático. Y lograremos verlo completo en poco tiempo.

América Latina, Europa y el neoliberalismo

¿Cómo piensa que puede dialogar su espacio político con los gobiernos populares de la América Latina contemporánea?

En comparación con los otros partidos europeos progresistas, el PD se asemeja un poco más a los grandes partidos progresistas latinoamericanos. En los otros países, tienen una fuerte identidad socialista. El PD no es sólo eso. Hay gente que viene de la tradición socialista, pero es un espacio más amplio. Yo vengo de la experiencia democrático-cristiana y soy la prueba de que el PD es una síntesis de estas dos trayectorias. En Europa estamos hablando con otras fuerzas progresistas porque, en un mundo globalizado como éste, las fuerzas que están del mismo lado deben elaborar reflexiones comunes sobre los grandes temas globales como el comercio, las finanzas, el ambiente o la tasa Tobin. Hace falta tener algo más que el clásico encuentro anual de la vieja internacional socialista, sino vínculos estables.

La ruptura clara con el neoliberalismo que hizo América Latina, ¿no sirve de lección para los progresismos europeos?

Ahí, claramente, la ruptura con el neoliberalismo era necesaria para construir un Estado social. En Europa no. Porque, objetivamente, el sistema del Estado de Bienestar europeo es respetado también cuando gobiernan las derechas. Cuando gobernaron los democristianos alemanes, los populares españoles, o Nicolas Sarkozy, en Francia, no se desarmaron los Estados sociales. Tal vez tomaron decisiones políticas que no compartimos, pero no es lo mismo. Por lo tanto, es difícil hablar de ruptura con el neoliberalismo del modo que se realizó en América Latina.

FONTE: REVISTA DEBATE (ARG), 4/4/2012

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