El Clarin (Chile)
Está comenzando la Copa del Mundo 2026 y la
fiesta del futbol deja una vez más un sabor amargo entre los amantes de este
deporte. Por todo lo visto antes de la inauguración oficial, la actual Copa del
Mundo se destaca por la secuencia de barbaridades cometidas en contra de los
derechos fundamentales de sus participantes, dentro y fuera de la cancha.
Por cierto, la FIFA cada vez se parece más a un grupo de mafiosos y corruptos que solo se interesan por apropiarse de los millonarios recursos que genera el futbol, no importándole las condiciones restrictivas a la democracia que imponen los países anfitriones. La anterior Copa de 2022 fue realizada en Catar, país administrado por una monarquía absolutista e teocrática que desde mediados del siglo XIX se encuentra bajo el poder discrecional de una única familia, la dinastía Al Thani.
La presente edición de la Copa del Mundo se
realizará en tres países, siendo que uno de ellos es gobernado por un psicópata
aspirante a transformarse en un tirano con dimensión global. Desde antes que
comenzara la Copa, las restricciones del gobierno de Estados Unidos han violado
todas las normas de fraternidad universal que deberían representar el espíritu
a ser simbolizado por el rey de los deportes.
En una medida inexplicable, el Departamento de Migración norteamericano impidió el ingreso de un árbitro, Omar Artan -ciudadano de Somalia y considerado el mejor juez de África-, bajo el pretexto de que representaría un riesgo para la seguridad interna de la nación. Al respecto, el comunicado oficial de la FIFA antes de condenar esta medida arbitraria, solo se limita a declarar que, en este caso, el gobierno anfitrión es quien decide si puede o no conceder la visa para el ingreso de cualquier ciudadano en ese país.
Las restricciones impuestas por la agencia
migratoria también vienen impactando en las posibilidades de ingreso de los
equipos de varios países, siendo el caso de Irán el más grave. Según las
autoridades de Estados Unidos, las visas para los jugadores y la delegación de
ese país ya fueron emitidas, pero estas mismas visas condicionan a que el
equipo iraní se hospede en territorio mexicano (Tijuana) y viaje durante el
mismo día del partido hacia el territorio estadounidense, regresando ese mismo
día a la ciudad mexicana. Todavía está por verse cuál será el trato dispensado
a la delegación de Irán en la frontera, pues la política migratoria del ICE se
ha caracterizado por su extrema truculencia y imprevisibilidad. Ya el atacante
y estrella del equipo de Irak, Aymen Hussein, fue sometido injustamente a un
interrogatorio de 8 horas en el Aeropuerto de Chicago, cuando intentaba junto
al resto de su delegación entrar al territorio de Estados Unidos para comenzar
con los preparativos y entrenamientos necesarios para enfrentar los
correspondientes partidos del Grupo I.
El propio Departamento de Estado ha anunciado
que los hinchas de Irán y Haití se encuentran totalmente prohibidos de ingresar
al país, mientras que participantes de otros países (Senegal y Costa de Marfil)
obtendrán sus visas con restricciones o validad limitada. Para los hinchas de
estos países y para muchos otros posibles viajeros, la serie de obstáculos
administrativos y monetarios impuestos por las autoridades norteamericanas va a
significar resignarse a ver la Copa por las pantallas de televisión. Además,
los fanáticos que provienen de Argelia, Túnez o Cabo Verde deberán desembolsar
valores que podrán llegar a los 15 mil dólares por persona si desean obtener el
permiso necesario para ver los juegos. Junto con ello, el miedo a ser abordados
por el terrorífico ICE y ser expulsados del país, está provocando la renuncia
de gran cantidad de seguidores del fútbol para asistir a los partidos en vivo.
Por lo mismo, las empresas de turismo y los hoteles ya se están quejando de
tener una caída notable en las reservas de habitaciones durante los días del
evento, frustrando las expectativas que existían antes del inicio de la Copa.
Toda esta política restrictiva se aplica a
pesar de que Estados Unidos firmó un documento de compromiso con la FIFA para
facilitar la concesión de visas o simplificar los procedimientos actualmente vigentes,
de forma de no discriminar entre los diversos y eventuales participantes del
gigante evento, sea entre los grupos de atletas o sea entre el público
asistente.
Contraria y sorprendentemente, el presidente
de la FIFA, Gianni Infantino, se ha dedicado a lisonjear al abusivo presidente
Trump concediéndole un bizarro Premio FIFA de la Paz, el que le fue entregado
el mismo día del sorteo de los grupos, en una actitud de sumisión y abyección
que debería avergonzar a cualquier dirigente deportivo que posea un mínimo de
pudor y decoro. No es gratuito precisamente que la portada de la revista
deportiva L´equipe muestre a Infantino como una marioneta ridícula manipulada
por Trump.
Por lo mismo, la pregunta que queda
suspendida es la siguiente: ¿Será posible organizar una actividad deportiva de
confraternización universal, en países que se destacan por su carácter
despótico y antidemocrático? Para la FIFA la respuesta es simple. Claro que se
puede, si el evento significa la obtención ganancia y lucro para enriquecer el
bolsillo de los delincuentes de cuello y corbata que controlan el organismo.
En rigor, Gianni Infantino y el grupo de
mafiosos que lo rodea han mostrado hasta ahora un silencio cobarde por las
aberrantes políticas aplicadas por el gobierno de Estados Unidos para impedir
la entrada de árbitros, jugadores, cuerpo técnico, personal de apoyo y, sobre
todo, de los principales actores que sustentan el espectáculo, el público que
llena los estadios. Al final, la constatación más triste es ver que la entidad
que dirige el fútbol mundial se transformó en un rehén del narcicismo y la
megalomanía de Trump, mostrándose incapaz de proteger la autonomía y soberanía
de su propio torneo y velando por el respeto de las personas que debieran ser
los verdaderos protagonistas de la fiesta del fútbol.
Como Hitler en las Olimpiadas de Berlín en 1936, el presidente Trump desea transformar la Copa del Mundo en un palco de su ambición personal para autoproclamarse como el dueño del planeta y sellar con su alma de déspota las jornadas deportivas que, por bien o por mal, seducen y entusiasman a una parte significativa de la humanidad.

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