Clarín (Chile)
Las últimas encuestas de intención de voto
para las próximas elecciones presidenciales arrojan una leve ventaja para el
presidente Lula -que va a la reelección- en primera vuelta. Según los estudios
de la empresa Nexus/BTG, el actual gobernante obtendría en primera vuelta el
41% de los sufragios seguido por el senador Flavio Bolsonaro con el 36% de las
preferencias. Distantes de ellos se encuentran los ex gobernadores Romeu Zema
(Partido Novo) y Ronaldo Caiado (PSD), con el 4% y el 3% de las intenciones de voto,
respectivamente.
En relación a una probable segunda vuelta, el presidente Lula aparece con una muy pequeña ventaja -prácticamente en un empate técnico- entre él (46%) y el hijo mayor de Jair Bolsonaro (45%), porcentajes muy parecidos a los obtenidos en las encuestas realizadas en febrero y marzo.
Como ya registramos recientemente (Las
articulaciones de la derecha para ganar las próximas elecciones), llama la
atención que el candidato del bolsonarismo obtenga tan buenos resultados,
cuando los medios de comunicación insisten en apoyar lo que denominan como una
“Tercera Vía”, con el argumento de que es urgente acabar con la polarización
que tanto daño le estaría haciendo a la convivencia interna y a la formulación
de un proyecto nacional que permita salir de la crisis que enfrenta el mundo
actualmente. Los esfuerzos para lanzar un candidato de la derecha moderada se
han mostrado completamente frustrados con la persistencia de un electorado que
se inclina por el radicalismo de extrema derecha, a pesar del descalabro que
fue el gobierno de Bolsonaro. Para el espanto de quienes siguen levantando y
creyendo en la posibilidad de una Tercera Vía, el actual escenario político se
presenta hasta el momento como una repetición del cuadro diseñado en 2022, con
un electorado dividido entre el lulismo y el bolsonarismo.
Para tratar de entender la capacidad de
recomposición del bolsonarismo, después de que sus principales representantes
fueron procesados y encarcelados por la justicia brasileña, se puede recurrir a
las propias bases de la historia sociopolítica y cultural del país que ha sido
definida por un eje estructural que conecta la esclavitud, el movimiento
integralista (bajo influencia nazista), las dictaduras militares y fenómenos
contemporáneos de un pensamiento neofascista cristalizados en el bolsonarismo,
con algunos periodos de interludios democráticos caracterizados por su enorme
fragilidad e inestabilidad.
En todo este proceso lo que se ha mantenido
estable es la impronta autoritaria del Estado, con una democracia amenazada
permanentemente por arremetidas autoritarias. Para el caso del integralismo,
este movimiento autocrático, conservador y cristiano se inspiró fuertemente en
elementos del nazifascismo imperante en Europa en los años treinta,
especialmente por una mezcla ideológica representada por el fascismo italiano,
el nazismo alemán, el franquismo español y el salazarismo portugués. Sin
embargo, la presencia de un fuerte catolicismo acercaba a los integralistas
sobre todo a los idearios de Franco y Salazar, especialmente por el liderazgo
ejercido por su principal mentor, Plinio Salgado, un católico fervoroso.
El movimiento integralista de los años treinta
parecía definitivamente sepultado con la derrota del Tercer Reich nazista en
1945. En ese momento se incubó en Brasil una gran esperanza de avance de la
democracia y las libertades civiles y políticas. Sin embargo, para sorpresa de
muchos, el movimiento integralista se reorganizó bajo el caudillaje de Plinio
Salgado, que a pesar de tratar de encubrir su pasado fascista e intentar
aparecer como defensores del Estado democrático de Derecho, en los hechos
continuó manteniendo sus banderas reaccionarias de un proyecto retrógrado,
autoritario y anticomunista.
Las actividades y el pensamiento integralista
tuvieron efectos concretos en la trayectoria política nacional. El principal de
ellos fue la generación de condiciones para insuflar el Golpe de Estado que se deflagraría
en 1964. Es decir, desde 1962, cuando rompieron con el gobierno progresista de
Joao Goulart, los integralistas contribuyeron de diversas maneras para su
derrocamiento, acusándolo de comunista y traidor a través de sus vehículos de
prensa. El importante papel desempeñado por el integralismo en el periodo
1945-1964 se hace comprensible cuando se observa que su discurso anticomunista
fue asumido por sectores importantes de la vida política y, especialmente, por
las Fuerzas Armadas. Así, el integralismo expresó en su forma más radical las
restricciones a ser impuestas a la vida democrática del país, las que fueron
aprobadas y respaldadas por los grupos económicos y las elites políticas
dominantes.
El Golpe de Estado del 31 de marzo de 1964
vino a consagrar la continuidad del ideario fascista y autoritario, provocando
paralelamente la derrota del proyecto político nacional-popular-estatista que
lideraba João Goulart, encerrando la experiencia republicana que comenzó con el
fin del Estado Novo en 1945. Como ya apuntábamos, esta arremetida
golpista no fue un rayo que cayó en un cielo azul, sino que resultó de un
conjunto de condiciones que se perpetúan a través de la historia de Brasil
desde los tiempos de la Colonia.
El proceso de redemocratización que se
instaló a partir de 1985 no realizó un ejercicio de memoria para cuestionar los
años de la dictadura, sino más bien optó por el olvido y la mantención de la
gobernabilidad en contraposición a la amenaza del caos y el desorden. Estas
cuestiones serán arrastradas por todo el proceso democrático, manteniéndose
incubada la larva del autoritarismo y las formas neofascistas que resurgirán
nuevamente con la crisis sistémica durante el gobierno de Dilma Rousseff, el
que tuvo en el impeachment de la mandataria su resultado más trágico
y concreto.
En su declaración a favor del derrocamiento
de la presidenta Rousseff, Bolsonaro dedicó su voto a un reconocido torturador
y criminal que actuó durante la dictadura militar, el Coronel Brilhante Ustra.
En ese momento, el diputado Bolsonaro demostró sin duda alguna su filiación
incondicional a las ideas fascistas. Así también el actual bolsonarismo se
alimenta de esta matriz despótica y antidemocrática que atraviesa el itinerario
sociopolítico brasileño y que declara abiertamente y sin pudor su nostalgia por
los tiempos de la dictadura.
Por lo mismo, el gran desafío que encierra esta nueva contienda electoral consiste en mantener las conquistas sociales que han mejorado la vida de la mayoría del pueblo y profundizar la adhesión democrática de la ciudadanía, conteniendo y enfrentando el incesante bombardeo de mentiras difundidas por las redes y los medios de comunicación controlados por la derecha y la extrema derecha. Dichos sectores aspiran a imponer nuevamente un modelo autocrático representado por otro miembro de esta estirpe nefasta que, por una parte, se nutre del descontento, la incertidumbre y el miedo de los electores, pero que fundamentalmente se asienta en las bases ideológicas esclavistas, elitistas y discriminadoras de los grupos dominantes y sus despreciables y oportunistas sirvientes internos.

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