El Clarin (Chile)
Faltan apenas dos meses para que las elecciones de octubre sean realizadas y la mayoría de los candidatos está en campaña, pese a que el inicio de la corrida electoral solo comienza oficialmente el 16 de agosto. Casi todas las coaliciones ya escogieron sus candidatos a presidente y vicepresidente, siendo que la Federación Brasil de la Esperanza, el pacto entre el PT y otros dos partidos (PV y PC do B) junto al PSB, PSOL, Rede y PDT ya confirmaron al actual presidente Lula da Silva y a su vice Geraldo Alckmin como los representantes de ese conglomerado de centro izquierda para la próxima contienda.
Por su parte, Flavio Bolsonaro todavía no
define el nombre de su vicepresidente y viene encontrando resistencia de los
partidos de derecha para adherir a su campaña. Recientemente la coalición Unión
Brasil y Progresistas afirmaron que se mantendrán imparciales en esta coyuntura
y Republicanos se encuentra todavía definiendo la posición que asumirá con
relación al candidato de la extrema derecha. De hecho, Bolsonaro efectuó una
invitación a la senadora Tereza Cristina del Partido Progresistas y ex ministra
de agricultura del gobierno de su padre Jair, pero ella declinó de esta
invitación alegando motivos personales.
Aparentemente el escenario parece favorable y
con “cielo despejado” para la candidatura de Lula da Silva, aunque nunca hay
que confiarse de los caminos que se transitan hasta la llegada de un triunfo
seguro para día de las elecciones. La derecha y la extrema derecha de Brasil
cuentan con el apoyo de importantes grupos empresariales que dominan
ampliamente los medios de comunicación y pueden detonar una campaña en contra
de Lula en este periodo de tierra derecha, influyendo finalmente en la decisión
de un porcentaje significativo del electorado que hasta ahora se ha mantenido
distante y neutro frente al futuro pleito electoral.
Un estudio reciente del Instituto Nacional de
Ciencia y Tecnología (INCT) constató que en Brasil existen 1.091 ciudades que
han cambiado la orientación de sus votantes, pasando de inclinarse por los
candidatos de la izquierda o centro izquierda en una votación para votar por
los representantes de la derecha o extrema derecha en otra votación. Estas son
las llamadas “ciudades péndulos”, que son definidas como aquellos locales en
los cuales no se encuentra alineada de manera estable a ninguna de las diversas
fuerzas políticas en disputa. En esta clasificación se considera a aquellas
ciudades que cambiaron al conglomerado vencedor durante la segunda vuelta en
dos o más oportunidades a lo largo de los últimos 20 años.
En esta ocasión, las ciudades péndulos reúnen
a más de 34 millones de votantes y pueden inclinar ciertamente la balanza del
candidato que saldrá triunfante en octubre y sus tendencias serán sin duda
decisivas cuando se produzca la votación, considerando que una disputa
presidencial apretada puede desplazarse para cualquiera de los dos ejes
principales, es decir, la reelección del actual mandatario o la victoria del
bolsonarismo de la mano del primogénito del ex capitán.
Sin embargo, aun cuando las preferencias del
electorado decidan darle nuevamente su apoyo al candidato de la situación,
resulta preocupante que las alianzas que viene tejiendo el candidato Lula
reproducen la amplitud del espectro que caracteriza su actual mandato, con
ministros de partidos de la derecha en su gabinete.
Desde el impeachment de Dilma Rousseff, la derecha brasileña viene adquiriendo un protagonismo evidente en el escenario político nacional, solo comparable al existente durante el periodo de la dictadura militar (1964-1985), prácticamente controlando las dos cámaras del Congreso y fortaleciendo su presencia en los corrales electorales por medio de las enmiendas secretas y otros artilugios para reproducir su poder en los diversos territorios.
El triunfo de Lula en el año 2022 generó la
expectativa de un nuevo ciclo político, efectivamente progresista, con un
gobierno impulsando los cambios urgentes que el país necesita: mayor gasto en
programas sociales, reformas políticas, tributarias, del sistema de pensiones,
mayor regulación de los mercados especulativos, combate a la corrupción,
preocupación y acciones en defensa del medioambiente, penalización del
feminicidio, promulgación de un marco legal contra la discriminación, etc.
En cambio, los pactos políticos de la base
gobiernista, de extrema amplitud, instauraron una administración débil,
precaria, amarrada, dependiente de los humores del centrão, que nunca se
ha comprometido verdaderamente con la defensa de la democracia y las
instituciones de la República y que ciertamente no tendrían ningún pudor en ser
parte de un gobierno de extrema derecha, caso que Flavio Bolsonaro resulte
ganador en dos meses más o que apoyarían sin problema un golpe de Estado que
les permita seguir usufructuando de los recursos públicos.
Cuando me instalé por primera vez en Brasil, allá por fines de agosto de 1992, el país se encontraba en pleno proceso de impeachment del presidente Fernando Collor de Melo. El ánimo era de inicio de una nueva fase política que se dirimía entre dos corrientes de un ciclo socialdemócrata identificados, por una parte, por sector que representaba a sectores de la centroderecha en el partido Socialdemócrata Brasileño (PSDB), liderado por Fernando Henrique Cardoso y, por otra parte, un sector de centro izquierda liderado por Lula da Silva, presidente del Partido de los Trabajadores (PT).
Comparativamente, el panorama actual es más
pesimista. Es un embate entre un proyecto que busca insistir en la justicia
social y en la defensa de los valores democráticos, frente a una extrema
derecha retrógrada, agresiva, que miente descaradamente y que cuenta con las
plataformas y redes sociales que reproducen esas mentiras. Es Brasil enfrentado
a sus eternos fantasmas heredados de un pasado clasista y discriminatorio,
cuyas elites no quieren abrir mano de sus privilegios y utilizan todos y
cualquier tipo de recursos para mantenerse en el poder. Este es un país que
desea dar un salto hacia un futuro con mayor justicia social y dignidad para
sus habitantes, pero que se encuentra atado por los lazos simbólicos y
concretos de un autoritarismo estructural forjado en la matriz esclavista, el
movimiento nazifascista de los años treinta (integralismo), la dictadura
militar y el bolsonarismo contemporáneo.
De esta forma, la extrema derecha continúa manteniendo su poder político y su influencia sobre un electorado cautivo que, aunque actualmente no expresa una mayoría electoral invencible, sigue representando un porcentaje nada despreciable de la población brasileña, socavando los avances sociales de la gestión petista y siendo una plataforma permanente para alimentar el discurso del odio, la mentira y el radicalismo de extrema derecha. La derrota de estas fuerzas del oscurantismo y la regresión debe ser un punto central en el horizonte y en la agenda de un país que se libere definitivamente de sus fantasmas castradores.

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