Clarin (Chile)
En su libro Pedagogía de la esperanza. Un reencuentro con la pedagogía del oprimido, Paulo Freire nos brinda con la génesis de su concepción sobre lo que vendría a llamar esperanzar. En sus páginas, el pensador pernambucano sostiene que el concepto de esperanzar implica mucho más que la simple esperanza pasiva, de esperar pacientemente que la realidad se comporte de una manera consonante con nuestras aspiraciones. Por lo mismo, dicha espera se puede transformar inevitablemente en desesperanza. Y esta desesperanza nos inmoviliza y nos hace sucumbir al fatalismo en que no es posible reunir las fuerzas indispensables para el embate recreador del mundo.
Ello quiere decir que, aun siendo fundamental
y necesaria, la esperanza no es suficiente para alterar el orden de las cosas.
Lo que Freire nos apunta es que, en cuanto necesidad ontológica, la esperanza
necesita anclarse en la práctica para volverse historia concreta. Por eso no
hay esperanza en la pura espera, ni tampoco se alcanza lo que se espera en la
espera pura, que así se vuelve espera vana.
Por el contrario, para Freire esperanzar es
un verbo activo, transformador y profundamente político. Consiste en mantener
permanentemente una actitud que nos impulsa a la acción, a la transformación
del mundo. En ese sentido, la esperanza no es un optimismo ingenuo ni un
capricho, ella representa una necesidad vital para ser y reinventar la
realidad. Esperanzar es levantarse, esperanzar es ir atrás, esperanzar es
construir, esperanzar es no desistir, esperanzar es llevar adelante. Esperanzar
no solo significa avanzar. Supone, sobre todo, avanzar con los otros, juntarse
con los otros para hacer las cosas de una manera diferente.
Esperanzar es una resistencia frente a la resignación o el fatalismo, es un acto de voluntad, de lucha por el cambio social. Esperanzar es en definitiva esperar, pero luchando. La esperanza se relaciona dialécticamente con la lucha, que es aquello que nos va a permitir sintetizar o catalizar en la conjugación de esperanzar.
En términos de contexto electoral, en la
primera encuesta Datafolha después de la última jornada, Bolsonaro aparece para
la segunda vuelta con el 52 por ciento de los votos válidos y el presidente
Lula con el 48 por ciento. En otra encuesta de la empresa AtlasIntel/Bloomberg
el senador también figura al frente del presidente Lula con un registro de 52.8
por ciento de las preferencias de los votos válidos, mientras que el jefe del
ejecutivo suma 47.2 por ciento, una diferencia de 5.6 puntos porcentuales. ¿Es
posible cambiar este escenario? Si claro. Y pensamos que ello es posible por
varios motivos.
Primero, porque es completamente factible
revertir estas previsiones, considerando que en la primera vuelta más de 33
millones de potenciales votantes no comparecieron a las urnas. Los mismos
representan el 21 por ciento del total de electores inscritos. Si a lo anterior
se suman los votos en blanco (1.84%) y los votos nulos (2.93), son otros 6
millones de sufragios en disputa. Obviamente, no es una tarea fácil transformar
ese enorme caudal de votos en apoyo automático al actual presidente, pero
precisamente la noción de Esperanzar nos permite mantener viva la convicción de
que existen millones de brasileños que se movilizarán en las calles, parques,
plazas y ferias para cambiar el actual cuadro electoral.
Efectivamente, ya se encuentran movilizados
cientos de miles de ciudadanos que han decidido hacer campaña movidos por la
aspiración de la urgencia y la creencia en la factibilidad de revertir el
resultado de las urnas originado en la primera vuelta: São Paulo, Rio de Janeiro,
Belo Horizonte, Curitiba, Porto Alegre, Salvador, Recife, Salvador, Fortaleza,
Manaos, han sido palco de multitudinarias manifestaciones a favor de la
candidatura de Lula y en defensa de la democracia y la justicia social. Son
miles los militantes que forman la fuerza activa de los partidos de izquierda y
centro izquierda que forman la base electoral de apoyo a la reelección de Lula.
Si los partidos de la alianza pueden garantizar la movilización en las calles,
por otra parte, también en las redes sociales el trabajo se ha intensificado,
especialmente entre la generación más joven. Existe hoy día una generación de
jóvenes diputados y diputadas recién electos que mantienen un diálogo activo
con sus seguidores, de su mismo o de diversos otros segmentos etarios. Entre
ellos destaca la diputada electa por Minas Gerais, Ana Elisa, quien solamente
cuenta con 21 años y sorprende por su madurez política y su reconocida
capacidad para encantar a sus interlocutores.
Un segundo elemento que debe ser considerado
para el balotaje, es que Flavio Bolsonaro carga con la herencia funesta del
gobierno de su padre Jair, responsable por un número significativo de muertes
durante la pandemia del Covid19, por su desastrosa gestión económica, por el
cierre de muchos servicios y políticas sociales en beneficio de los sectores
más pobres, por el estímulo a la devastación de los ecosistemas del país, por
el aumento del uso de armas de fuego, por el feminicidio y la violencia
criminal, y por un largo etcétera. En esa medida, es posible que muchos de los
electores que son de derecha, pero que no son bolsonaristas, se enfrenten al
dilema de elegir entre el presidente Lula, que les va a proporcionar
estabilidad y cumplimiento de las reglas del juego democrático y una
ultraderecha radical que puede fácilmente patear el tablero, violar la
Constitución, desconocer la soberanía popular e instalarse en el poder por el
tiempo que estimen conveniente, 20 o más años, según ellos mismos vienen
amenazando. En ese caso, la propia derecha tradicional no tendrá condiciones de
participar en un próximo litigio electoral, ya que el designio autoritario que
pretende imponerse va a eliminar la consagrada alternancia en el poder que rige
en las sociedades democráticas. Es, por lo tanto, fundamental explicar a este
elector de derecha las consecuencias de aquello que puede llegar a ser una
dinastía de la extrema derecha, liderada por el Clan Bolsonaro.
Además, este neofascismo que encarna el
primogénito y heredero político del ex capitán, es -excepto su anticomunismo
visceral- completamente diferente del nazismo alemán y del fascismo italiano,
pues como ya comentamos en una columna anterior (Las bases históricas del
bolsonarismo), la actual ultraderecha es esencialmente entreguista y
subordinada a los intereses de la camarilla Trump, la doctrina Donroe y la
agenda MAGA, con su esperpento Escudo de las Américas. Su plan tampoco posee
los valores patrioteros de Plinio Salgado y sus militantes Integralistas ni el
componente nacionalista de los militares golpistas de 1964.
Entusiasmado con el triunfo en primera
vuelta, el senador Bolsonaro ya ha advertido que espera cambiar la Constitución
de 1988 y entregar los recursos minerales, acuíferos y forestales del país a
los Estados Unidos. La abdicación de la soberanía nacional también puede un
factor que genere un rechazo entre los electores, durante la hora crítica de
definir el futuro del país.
Un tercer factor a ser considerado es que
hasta ahora el presidente Lula y Flávio Bolsonaro no se han enfrentado en
ningún debate cara a cara, lo cual puede inclinar la balanza hacia el
presidente, pues su desempeño deberá ser mejor que el del candidato de la
extrema derecha, un sujeto sin mayor preparación y que no posee ideas claras
sobre lo que vendrá a ser su gestión de gobierno. Sus ideas se restringen a
mentiras sobre el control de la violencia criminal, el combate a la corrupción
y la implementación de cambios que hasta ahora no ha explicado en qué
consisten. Su consigna sobre el cambio es solo eso, un eslogan completamente vacío
de contenido. De esta manera, Lula tendrá la oportunidad de desenmascarar la
ausencia de un proyecto en la ultraderecha bolsonarista, excepto su anhelo de
implementar un Estado autoritario militarizado con el apoyo de las Fuerzas
Armadas y policiales, de grupos paramilitares y de aquellas huestes sediciosas
que participaron moral y/o presencialmente en la tentativa de golpe del 8 de
enero de 2023.
Como el presidente Lula lo ha señalado en diversas declaraciones, lo que se encuentra en disputa en esta elección no es solamente la soberanía de Brasil sobre sus recursos naturales y sobre su territorio. Es también una encrucijada sobre el futuro democrático del país y las libertades fundamentales que han sido conquistas con tanto esfuerzo desde el fin de la dictadura civil-militar. Ante este panorama nebuloso, la idea de esperanzar les permitirá a los ciudadanos que luchan por un mejor porvenir, tener la fuerza necesaria para enfrentar y resistir las amenazas neofascistas que acechan las conquistas políticas y sociales del pueblo brasileño en este vértice histórico.
*Fernando de la Cuadra - Doctor en Ciencias Sociales. Editor del Blog Socialismo y Democracia.

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